La diferencia entre la inteligencia artificial y la natural es un abismo gigantesco que se llama «intuición». Mientras la IA trabaja con datos para obtener resultados, la IN trabaja con resultados para obtener datos. La primera es involutiva, mientras que la segunda es resolutiva. La IA no puede crear absolutamente nada porque carece de propósito precisamente porque carece de «intuición». Para la IN el propósito es todo, es lo que le impulsa, lo que le vuelve creativa exponencialmente. La mayor parte de los empleos que la IA va a desplazar en el futuro son aquellos de carácter mecánico; el hombre futuro -y un futuro muy cercano- se verá obligado a la creatividad para establecer su espacio.
Dentro de este contexto, la literatura adquiere un valor extraordinario porque deja de ser una manifestación artística temporal y llamativa, para convertirse en el motor de la creatividad conjuntiva de un futuro cimentado en las ideas. La literatura es, obviamente, el principal vehículo de esa manifestación, pues por medio del manejo creativo del lenguaje es capaz de expresar cuestiones que están completamente fuera de las posibilidades de la IA, tales como las metáforas, imposibles de interpretar para este sistema, porque carece de «datos» propiamente tales.
El poder del mensaje literario es extremadamente poderoso y ha sido minimizado por un sistema comerciales bastardo que le ha convertido en un recurso monetario, mediocratizando su función a un punto ridículo, con toda esa literatura llamada «de fantasía», y que no es más que un cúmulo de recursos baratos para distraer el ocio.
Abandonar la literatura como un simple artículo de consumo es perder un recurso esencial en el desarrollo intelectual del futuro que es, de hecho, el único desarrollo posible del ser humano.
